Tú tienes una imagen de ti mism@. Estés más o menos pendiente de ella, la tengas más o menos presente cada vez que haces algo, muchas veces la consultas antes de actuar. Y es que tu imagen te influye en la conducta.
Este morciguillo, como cualquiera, tiene su propia auto-imagen. Rasgos que se me ocurran de ella ahora mismo, y en un intento de honestidad, serían la de una persona de abundante alegría interior, serenidad, mucho silencio, algo observador, egoísta y con el rencor propio de los capricornios, quienes suelen tener buena memoria para los daños recbidos.
La imagen de ti mism@ o auto-imagen, se va construyendo a lo largo del tiempo y de las experiencias que te ocurren, y está influenciada directamente por la opinión que los demás tienen de ti y tus propias necesidades y deseos.
Aunque te suene extraño, la opiníón que otros tienen de tu persona es o ha sido importante para ti. Si bien un adulto es capaz, en cierta medida, de independizarse del “qué dirán” y actuar siendo fiel a sí mismo dentro de un entorno adverso, un niño no puede hacerlo tn fácilmente. El niño, hasta que llega a razonar, aprende por imitación (y aún después sigue imitando modelos -¿quién no ha llenado carpetas con fotos de sus ídolos en plena adolescencia?). Busca modelos y obedece a los adultos (padres, profesores, educadores, supernanies): con ello llega a aceptar como válida la opinión que estos tengan de él. Si los mayores no hacen otra cosa más que recriminarle sus errores, el niño se hará una imagen negativa de sí mismo, por ejemplo. El adolescente que pertenece a un grupo de amigos es muy dependiente de la opinión de dicho grupo. Empieza a fumar porque “no voy a ser el rarito, me van a dejar de llamar, etc”. Tiende a actuar según lo que el grupo espera de él, el rol que haya adquirido (el gracioso, la lanzada, el divertido, la conciliadora…). Tu auto-imagen se ha podido ir formando a partir de la opinión que otros tenían de ti, sobre todo a edades tempranas.
Recuerdo una vez, a los siete u ocho años, merendaba en casa de mi tío pan con embutido. Mi tío se me quedó mirando un rato y me dijo “¿Pero no te han enseñado a masticar con la boca cerrada?”. Yo no recordaba si mis padres me lo habían dicho ya, así que respondí que no, sorprendido y algo avergonzado. Él me explicó lo lo desagradable que podría ser para quien me viera comer y me convenció. Desde entonces no he vuelto a hacerlo. Y Lo curioso es que no me imagino haciéndolo. También recuerdo cómo en mi pandilla de quinceañeros nadie esperaba que yo propusiera una idea interesante de cómo matar la tarde. Y no sólo no las proponia, sino que ni siquiera me molestaba en pensar ideas para nuestro ocio: eso era papel del “travieso” del grupo. Todos lo teníamos más o menos aceptado. Triste, pero real.
Tu auto-ímagen tiene más medios de construcción, y ninguno es excluyente. Umo de estos medios son tus necesidades y deseos. Tus necesidades son de lo más humanas: se aceptad@, ser comprendid@, ser reconocid@ por quienes te rodean (familia, amistades, compañeros de trabajo). ¿No has accedido alguna vez a salir de casa cuando te han llamado los amigos, a pesar de que su cuerpo te pedía a gritos quedarte en el sofá o irte a la cama, o de que tuvieras otros planes personales? Tus deseos de aparentar, si los hay, o de destacar por algo, también te llevan a formar una imagen de ti: “siempre he sido la más elegante/llamativa/arriesgada vistiendo/con el peinado. Soy así”. Si estas necesidades y deseos son demasiado fuertes, obsesivos, dominantes, se irán separando paulatinamente la imagen que quieres dar a los demás, “el personaje”, de quién realmente eres, “la persona”.
Puesto que no destacaba en las relaciones sociales, ni como deportista, ni por simpático ni divertido, decidí centrar todos mis esfuerzos en los estudios. Mis esfuerzos fueron muchos y mis cursos fructificaron con relativa facilidad. No tenía problemas con los exámenes. Los padres, familiares, profesores y compañeros esperaban mis buenas notas, y eso me hacía esforzarme por mantener esa imagen de buen estudiante. Pero los estudios nunca me gustaron: encerrarse en casa, aprender de memoria textos a los que no veía utilidad, dejar de disfrutar de las tardes por hacer los deberes… Cuando vi que, ni estudiando ni dejando de estudiar, contaba mucho en mi entorno, el golpe fue tremendo. Me pasé el curso escuchando música y perdiendo el tiempo. La profesora de Lengua, un día, desesperada por las respuestas de los alumnos, quiso cortar por lo sano y me dijo “Dime tú el ejercicio 4, que tú no fallas”. Fue la primera vez que respondía “Pues no lo tengo hecho”, ante el síncope de la vieja profesora y la sonrisa de los demás. Al menos, no traté de ajustarme a mi imagen pública, a mi personaje.
Finalmente, tu auto-imagen también la formas a partir de lo que haces y te sabes capaz de hacer, de tus experiencias, de tus destrezas. Igualmente, de tu interiorización, auto-observación, reflexión sobre ti mism@, tus actitudes y conductas. Este medio de construcción de la auto-imagen es más propio de la capacidad racional del adulto, pero no por ello es el único.
¡Cuántas veces mis propias ganas de diversión y travesura me han hecho ver que sí tenía ciertas habilidades sociales! Sólo necesitaba practicarlas lo sufiente, tomarles la medida, aprender a usarlas y usarlas sin miedo. De esta manera, a pesar de mi innata timidez suelto disparates verbales o bailo cuano salimos de marcha. Eso sí, sólo canto cuando me quito los calcetines.
A raíz de estas tres vías vas contruyendo la imagen que tienes de ti. ¿Te has preguntado alguna vez cómo es esa imagen personal y cómo se ha ido formando?