Marruecos: Fez

Pasamos el día en Fez. Un desastre. La visita ha durado todo el día y ha recorrido los negocios de la familia del guía local, que se llamaba Idrís y cuyo teléfono móvil no ha parado de sonar. “¿A qué primo tuyo vamos a ver ahora?”, era la broma.

Fez es una ciudad muy extensa, de casa de dos o tres pisos de color tierra, blancos, grises y ocres suaves. Además, incluye un casco antiguo muy intrincado. “9500 calles, 1000 de ellas sin salida”, repetía Idrís. Callejuelas estrechas, empedradas, forman la vieja medina, “una ciudad dentro de la ciudad”. Un laberinto agobiante donde se cruzan comerciantes, trabajadores, ciudadanos, turistas y burros (“los 4×4 de Fez”, según el guía) en menos de metro y medio de anchura.

          Recorriendo estas calles necesitamos protección. Mohamed, que tendría que quedarse en el hotel, nos acompaña “de guardaespaldas” porque un grupo numeroso de personas no puede ser defendido por un único guía. De hecho, un tercer marroquí cierra la comitiva. Parece un portero de discoteca, musculado, calvo, alto y con una presencia física intimidatoria. A éste personaje sacado de los cuentos de Mortadelo y Filemón le comprará Carlos una “china” (la de chocolate) poco antes de comer.

 

El laberinto está lleno de tiendas. Sólo he visto dos pescaderías y estaban juntas. Un local lleno de llaves hace de inmobiliaria; allí se regatea el precio de la vivienda. Por regatear, que no quede. En las mezquitas no podemos entrar, somos infieles, por lo que tomamos fotos desde la puerta. Hemos visto muchas puertas: de mezquitas, de murallas, de palacios…

Los jóvenes intentan vendernos de todo: cerámicas, orfebrería, tambores, carteras… Los niños nos siguen, pidiendo bolígrafos insistentemente. Alex compra unos chuches para irles dando pero, curiosamente, un niño que recibe una golosina  a escondidas reclama un bolígrafo a mayores. ¿Ansia por escribir al hermano que saltó a España en busca de trabajo?

Los burros circulan cargados de cajas, personas y bombonas de butano. Transitan aplastando la marea humana contra las paredes del callejón.

tráfico burros

La medina es la parte más interesante de Fez, pero un auténtica encerrona. Las paradas técnicas previstas disfrazan la necesidad comercial con la excusa cultural de conocer “los procesos productivos”. Así, hemos aprendido-comprado en un taller de orfebrería, otro de marroquinería, otro textil, una tienda de alfombras, otra de ropa y un horno de cerámica. Ha sido ésta la parte negativa de la visita “cultural”. Sin tiempo para disfrutar del laberinto saltábamos de tienda en tienda. “Los primos del guía”, que decíamos, aunque los auténticos ‘primos’ éramos nosotros, pues nos fueron enganchando la pasta a la mayoría.

Arancha y yo regateamos dos veces y compramos una. En la segunda ocasión, ella se enfadó con mi mal estilo driblando al rival y tiró el pañuelo que se iba a comprar. La primera vez lo hicimos mejor. Nos pusimos de acuerdo y llegamos a un punto de entendimiento con el vendedor, cuando ya nos íbamos dejándole las babuchas. Logramos sacarlas… pagando su precio de venta en España.

tinajas de tinte de cuero

 

El calor ha sido más soportable gracias a la sombra permanente de los callejones. Hemos visto fuentes públicas. Además, algunos vecinos dejaban bidones llenos de agua y un vaso con el que servise el sediento caminante.

La visita más interesante fue a un palacio-restaurante. Unas escaleras accedían al patio del palacio y un hombre guardaba la subida sentado en un taburete. Idrís nos hizo colocarnos  por los escalones, junto a las paredes, cuando estalló la revuelta. El hombre del taburete empezó a gritar en árabe, se levantó e increpó a Idrís, quien también le replicó en árabe. Nosotros, sorprendidos. La cosa se calentó y Mohamed y el portero de discoteca, junto a otros hombres del interior del palacio, se unieron para separar a los vocingleros. Gritos en árabe, empujones… Finalmente, el del taburete se sentó e Idrís nos pidió disculpas. Nos contó cómo se hizo el techo del palacio y recordó que podíamos tomar fotos. Más tarde seguimos nuestro camino. Nadie quiso tomar fotos.

Comentando la jugada con los demás, salieron dos versiones: la ficticia y la real. La ficticia achacaba a que al hombre del taburete le molestó que una chica pisara el interior del patio. “Es que no puede pisar”, dicen que dijo. Pero ¡había dentro una pareja de turistas!. Luego apareció la auténtica. Nuestro guía local iba a o amenazó con recomendarnos que no compráramos nada en ese lugar, lo cual no gustó en exceso al guardián de la escalera, que nos vetó personalmente el acceso. Entonces empezó la refriega verbal, “Tú no eres quién para impedirnos el acceso”, etc. En cualquier caso, mejor para nosotros: ha salido más barato.

Hoy se fueron las tres chicas catalanas y llegaron otras tres personas para hacer el mismo circuito con nosotros: un matrimonio de Sevilla, Guillermo y Nuria, y Carlos, un valiente navarrico que viaja solo.

El hotel donde nos alojamos incluye una piscina que hemos explotado sabiamente por la tarde. Nos enteramos de que Alex no sabe nadar. Él y Mila han adoptado a una niña china;  Guillermo y Nuria también iban a adoptar, tras tres años buscando el churumbel, pero lo encontraron después de conseguir entrar en las listas de adopción. Silvia y Tomás tienen una gata a la que Tomás “ponía cachonda”. Por su parte, Arancha ha perdido y encontrado un pendiente en mitad del césped oscuro, ya anochecida la tarde. Mildred dirige una agencia de viajes con su hermano, donde emplean a cuatro personas y Tita, su madre, tiene cierto miedo a subir en camello debido a su hipertensión. De estas cosas se entera uno tomando un té antes de acostarse.

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