Desde el avión he visto el pequeño salto que es el Estrecho de Gibraltar, con barcos ¿pateras? Cruzando hacia la península y dejando una estela blanca tras de sí. España y Marruecos se veían planos y marrones, sobresaliendo el brazo de mar en un azul impoluto, como en un atlas geográfico.
El imperio alauita, a vista de pájaro, es una extensión de cuadrados secos monocromático y carreteras de largos kilómetros rectos, como arañazos negros entre campos de barbecho. Lo he presentido árido; por eso me ha chocado el comentario de Mustafá, nuestro guía en este primer día, sobre la gran cantidad de agua del país, sus sesenta pantanos, “¡Más que en Francia!”, y su ausencia de sequía.
Al salir del aeropuerto el calor no me ha parecido excesivo pero el horizonte me ha defraudado. Es aburrido. Al rato de recorrer las calles de Marrakech no veo más que edificios marrones de media altura. La ciudad emana un olor a gasolina quemada, al igual que ocurría en Managua, y se vuelve monótona con sus avenidas trazadas con tiralíneas y sus edificios de color desierto, del color ocre del olivar, del ocre de los campos de naranjos.
Quien no ha resultado aburrido ha sido Mustafá. Un hombre encorvado, de barba canosa y mirada cansada, nos ha deleitado con sus ironías históricas y su franqueza. Sociólogo de estudios, fue expulsado de la universidad cuando era profesor. “Por rebelde”, dice. Huyó a Libia y volvió a los tres años, calmadas las cosas, para convertirse en guía útil, divertido y escéptico. Su origen bereber le ha hecho enganchar rápidamente con una de las chicas del cuarteto que le seguía, procedente de San Sebastián. “Tú eres rebelde”, le repetía. “A ti te han dicho que en Marruecos las mujeres llevan pañuelo en la cabeza y por eso te lo pones”.
De su mano hemos visitado los jardines de la Menara, un olivar extenso donde los campesinos acudían en familia a comer a la sombra de los árboles. “Pero lo ha comprado una multinacional francesa y, llegada una hora, viene la policía a echarlos”, comenta. “Aquí se produce mucho vino. Cuando la cosecha es mala en España, lo compran aquí y lo embotellan como Rioja. Yo he sido traductor en esos negocios.”
Descubrimos que “riad” es “jardín con fuente”, que incluye un par de habitaciones a cada lado, donde alojar a las esposas de un rico musulmán, y que “bahía” significa “bella”. Es un palacio el de Bahía rico en artesonados de cedro, compuesto por varios “riad”, donde el rey alojaba a sus múltiples esposas y concubinas. “Cuando una tribu le ofrecía una muchacha en matrimonio, no podía rechazarla. Así se emparentaba con esa tribu y no le guerreaban. Los teólogos han justificado la poligamia con un verso coránico. En realidad lo hicieron para que el país no se llenara de viudas jóvenes –que caerían en la prostitución-, pues sus maridos solían morir en las guerras. Sin embargo, el rey disponía de una sala privada donde las bailarinas ofrecían el baile de los siete velos, mientras una orquesta de músicos ciegos amenizaba la fiesta. Si al rey le gustaba una, había una cama. Eso estaba prohibido por la ley, de ahí que la habitación se cerrara y los músicos fueran
ciegos”. Ciegos sí, ¿pero tontos?
Antes de visitar la plaza del mercado, donde nos tomamos un zumo natural por 30 cts y Mustafá nos explica los engaños de pitonisas y vendedores, recorremos callejuelas estrechas y empedradas de una zona antigua y muy comercial. Me sorprende gratamente lo aprovechado que está el espacio. Pequeños, estrechos y profundos locales se transforman en talleres de tejidos, joyerías, tiendas de ultramarinos, reparación de motos, cose-todo o barberías de dudosa higiene. Compruebo que hay muchos hombres cosiendo, árabes, tres o cuatro en cada mercería o tienda de ropa. Tres mendigos, los únicos que he visto, levantan la mano al turista.
Mustafá nos lleva a una farmacia. Allí nos hacen pasar a una sala, cierran la puerta y el farmacéutico, en buen español, nos hace una presentación tipo “tupperware” de sus hierbas, mezclas y jabones. Nos restriega los brazos con perfume, nos hace inspirar unas semillas negras “contra los ronquidos” e, incluso, hace pasar a una chica para que dé un masaje con ungüento a la colombiana. Naturalmente, compramos perfume, té y hasta postales. Primer sablazo.
Son las doce de la noche. A las 6 nos levantamos y a las 7 salimos para Fez, vía Casablanca y Rabat. 500 kilómetros o más nos esperan. Un grupo de jóvenes ríe a mandíbula batiente en la calle. Me voy a la cama.