Aprovechando que tuvimos la semana pasada de vacaciones -en mi caso, permanentes-, bajamos a conocer Córdoba y Granada.
Era mi primera visita a Andalucía y tenía muchas ganas de disfrutar de esa fama de tapeo que conoce toda España.
Córdoba me gustó bastante. El casco histórico es un laberinto no apto para encontrar aparcamiento. Calles de una sola dirección para el coche y recovecos que desorientan al mejor GPS. Pero en coche no se disfruta nada, lo mejor es aparcarlo del otro lado del puente y caminar por la judería. Pasadizos estrechos, muros de piedra marrón claro, paredes encaladas, arcos uniendo las casas en mitad de la calle, tejas de barro… Un ambiente fantástico, cálido, semejante a estar perdido en medio de una espesa niebla y no poder hacer otra cosa que seguir por donde marcan los cantos del pasaje, ¡los cantos de los cantos! ¿Cómo habrán hecho travesías tan “encantadas”? ¡Qué paciencia! Labor de chinos. Te encuentras disfrutando de las sorpresas a las que te conducen los quiebros de las esquinas: la estatua de Maimónides en un rincón, el final de un pasillo ascendente contra un gran portalón de madera, la calle de las flores cubierta de tiestos y al fondo la torre de la catedral…
La catedral que fue mezquita impresiona más por mezquita que por catedral. Frente a la estructura baja de la mezquita, soportada por columnas finas y extendida en un gran patio donde los musulmanes se arrodillaban, la catedral ha nacido en medio de ese silencio, alta, exuberante de adornos en su techo, de escasas pero anchas columnas y bancos donde los cristianos se sientan ahora. Parece una religión “un tanto cómoda”, si se me permite el chiste. Lo cierto es que en la mezcla de mezquita-catedral, pierde la mezquita y no gana la catedral. La mezquita pierde su encanto de columnas, arcos rojiblancos y sencillez; pierde los laterales convertidos en capillas cristianas y enrejados para tal fin; pierde su esencia. La catedral no gana esplendor, ni belleza. Hay que buscarla en mitad de la mezquita; se dispersa en el patio musulmán, sin paredes cercanas que la limiten. Me gustaron ambas por separado, pero la mezcla no me agrada en lo arquitectónico, en lo artístico.
Saltar al Alcázar es hablar de un gran jardín, de cipreses gruesos y con las puntas cortadas, de estanques de peces morados y naranjas, y naranjas, muchas naranjas, junto con algún limón, limoneros cerca d el árbol cuyas raíces sobresalen de la tierra y que sobrepasa en altura la torre del alcázar. Edificio con mosaicos romanos y columnas a nivel de nuestros pies, de pocas habitaciones; rehabilitado como museo judío un tanto mudo, pues las fotos y los nombres hebreos carecen de explicación para el profano, que sale igual que entró. Impresionan sus baños termales, cuevas desconchadas de angosto pasillo, ¿cómo llegaría el agua? Y vuelta a sus jardines, a sus estanques, a sus fuentes y sus naranjos, a sus cipreses, a sus acequias, al árbol de raíces como cabellos desordenados. Merece la pena.
Lástima, sin embargo, que no probé el salmorejo. Hay un bar que ofrece un menú para dos personas en el que se pueden degustar seis platos a 21 euros. Está en la judería. Buscadlo, comed y contadme, pues a él quiero ir cuando vuelva por Córdoba. Pero no montaré en las calesas junto a la mezquita. No es agradable el olor del caballo. Prefiero disfrutar a pie, y encontrar el bar del salmorejo, y la calle de las flores, y el pozo árabe de 22 metros, y el patio de alguna casa particular, que tan buena pinta tienen desde fuera.
Quizá no visite Medina Azahara. Resultó agradable el paseo por las ruinas de la ciudad administrativa. Curiosas las letrinas en forma de boca de buzón. Sorprendentes las habitaciones de los señores, la mezquita orientada hacia la Meca, los jardines altos, el horno de la cocina… Sin embargo, me llamó más la atención el monasterio que se ve encajado entre montañas según se asciende a Medina Azahara. Monasterio privado de alguna señora marquesa con minas en Venezuela. Se ve armonioso desde abajo, imponente, un pequeño Taj Mahal. Merece ser visitado también, aún saltándose el protocolo…
Volveré.


