Jasper

Este relato es un ejercicio basado en un párrafo de una receta imposible: “Eulalias a la importancia”, que dice así:
“Después, colocarlas en una cazuela, añadiendo justicia, el hombre de la capa negra machacado, ira e ímpetu a gusto y agua hasta cubrirlas”.
La idea del ejercicio era crear un relato que incluyera los elementos aparecidos en esa frase que, como la receta, se generó sustituyendo en una receta de cocina los primeras conceptos surgidos sin pensar entre varias personas.

* * *

Ocurrió en un pueblo mediano de Alabama llamado Jasper, en 1858.

El pueblo era conocido en el estado sureño gracias al juez Blatter. Alegremente avejentado por las canas que intentaban ascender a la cresta de su puntiaguda calva, había sido juez de Jasper desde que llegó al pueblo, treinta y dos años atrás. Se había ganado a sus convecinos mediante su sonrisa, llena de personalidad y de dientes blancos perfectamente alineados, con la que atraía la atención del interlocutor hacia su simpatía natural. Este detalle facial facilitó su aceptación entre los ciudadanos de Jasper, quienes le llamaban familiarmente “Dientesblancos”.

Se podría afirmar que la excelente reputación del juez se había extendido con inusitada velocidad por todo el territorio de Alabama gracias a dicho apodo. Pero fue su particular manera de impartir justicia lo que más gustaba comentar a los viajeros del ferrocarril que cruzaba Jasper, a los vaqueros que regresaban a Texas arreando interminables ríos de ganado, o a los señoritos que tomaban la diligencia hacia la soleada Florida. De esta manera, quienes no vivíamos en Jasper nos enteramos de que en el primer cajón de su mesita de noche, el juez Blatter guardaba los dos instrumentos que le ayudaban a reflexionar antes de dictar una sentencia: un viejo látigo de cuero, recogido en círculos perfectos, y una biblia de mano, ligera, de tapas negras y título reluciente grabado en platino.

Por lo visto, tenía por costumbre celebrar los juicios en domingo, después de la comida. Eso le infería más autoridad cuando el instrumento en el que basaba su sentencia era la biblia, a la que llamaba “la gracia divina”. Pero también cuando decidía emplear el látigo como asesor del resultado, bajo el adecuado nombre de “la cólera de Dios”. Blatter, hombre sencillo educado en el respeto a Dios y el servicio a los hombres, lo tenía claro: no era él quien impartía justicia en Jasper, sino el Todopoderoso. No le extrañaba, por tanto, que “la gracia divina” dictara sentencia únicamente en los juicios donde el acusado era una persona blanca, y “la cólera de Dios” apareciera con toda su fuerza en los litigios donde la persona acusada era de color negro.

Sucedía que en Jasper, como en el resto de Alabama, “la cólera de Dios” se hacía presente con mayor frecuencia que “la gracia divina”. Eso no era una gran noticia en los estados de la Confederación. Sí lo fue, sin embargo, lo que escupió el telégrafo aquel tercer domingo de Agosto de 1858.

Según cuentan, “Dientesblancos” se encontraba en un juicio de fácil resolución. Vestido con la correspondiente toga negra, se sentía cómodo con aquellos litigantes, el joven Morris y las señoras Kramp y Helder. Más aún cuando el inmaduro Morris defendía una causa fuera de lo común: acusaba a las buenas mujeres de envenenar a cuatro esclavos negros.

Morris, adolescente recién llegado a hombre con plenos derechos, era un ser perdido para la sociedad de Jasper. Su inclinación hacia la música le había despreocupado de la gestión de sus plantaciones de algodón. Su padre ya había estado a punto de desheredarle en un par de ocasiones, tras encontrarle cantando en los barracones en compañía de los esclavos. ¡Y todavía tenía arrestos para presentar una denuncia contra la señora Kramp y su ayudante, la señora Helder!

Alegaba el joven Morris que ambas cocineras, pertenecientes al servicio de su padre, habían cocinado un pavo cargado de potente veneno; manjar que habían regalado a Morris para que invitara a sus amigos negros, quienes aparecieron tiesos al día siguiente tras una noche de quemazón estomacal, convulsiones y vómitos, según contaron sus compañeros.

Kramp y Helder, mujeres maduras y de escuela holandesa, habían sido seleccionadas en Londres para prestar sus servicios en la hacienda de quien las acusaba. Su largo historial de discreto servicio en notables familias inglesas, sus excelentes referencias y el favorable testimonio del padre de Morris, tiraban por tierra la absurda teoría del envenenamiento. Pasada la cincuentena, la señora Helder mostraba una cara de permanente inocencia juvenil. La raya que separaba su pelo acababa en un moño rubio que había perdido brillo por los vapores de tantos guisos. Por su parte, la señora Kramp era la viva imagen de la difunta mujer del juez Blatter, con la misma mirada rígida y esos anchos brazos, acostumbrados a amasar docenas de galletas y mayordomos.

Mientras “Dientesblancos”, con los ojos cerrados, acariciaba su biblia de título reluciente, esperando que Dios le confirmara el veredicto de inocencia para esas mujeres asustadas por un presuntuoso engreído, en las afueras del juzgado se habían ido reuniendo esclavos procedentes de todas las plantaciones de Jasper. Se mantenían en silencio, con los ojos muy atentos y el corazón nervioso, esperando ver salir al señorito Morris gritando desde la puerta “¡Justicia!”. Ese jóven, amante de las canciones con que sus padres, y los padres de sus padres, lloraron la salida de África, representaba sus esperanzas de libertad. Ya habían oído de hermanos suyos en estados del Norte, donde los negros eran liberados y disfrutaban de los mismos derechos que los blancos. Y compartían la ansiedad de la espera, del poder sobrevivir hasta que esa liberación llegara a Jasper. El joven Morris, con su denuncia de asesinato contra las cocineras blancas, estaba luchando no sólo por la memoria de los cuatro hermanos envenenados, también estaba en juego el reconocimiento de todos ellos como personas, con derecho a un salario por su trabajo y a “la gracia divina” en sus sentencias.

- ¡Justicia! –se oyó gritar al cabo de un tenso rato. Pero no era Morris quien había salido por la puerta sino su padre. Una gran frustración se extendió entre el centenar de esclavos en la calle. Cayeron los hombros, las miradas, las cabezas, las lágrimas de las mujeres, cayeron de rodillas los más ancianos, temblaron los labios, desaparecieron las esperanzas dejando un poso de rabia como único consuelo, las mandíbulas se aplastaron una contra otra, se abrieron de par en par las fosas nasales, se endurecieron los músculos, los puños se apretaron hasta convertirse en piedras, se hincharon los pulmones, resoplaron los toros negros y un grito descomunal movilizó a aquel iracundo ejército oscuro hacia el interior del juzgado, ahogando con sus manos las gargantas que se cruzaron a su paso. Los blancos que salían tardaron en darse cuenta de lo que estaba pasando. Los de la primera fila exigían paso a los esclavos antes de ser inmovilizados, engullidos y arrojados al suelo; los de la segunda fila exclamaban “¡Qué significa esto!” mientras eran agarrados; los de la tercera intentaban huir hacia adentro, pero se topaban con los que querían salir empujándoles hacia afuera, ajenos a la embestida. Cuando sintieron el sudor, los golpes y el repentino calor que acompañaba a aquella sangrante marabunta, ya era tarde; corrieron hacia las ventanas posteriores, mientras los esclavos acababan con los bancos de madera, los retratos de anteriores jueces, las cortinas azules y los cristales, y avanzaban por el pasillo vociferando “¡Que la cólera de Dios caiga sobre el hombre de la capa negra!”.

Parecer ser que se oyó restallar un látigo acompañado de gritos de victoria. Que, al cabo de media hora, se fueron apagando los gritos y sólo quedó en el aire un silbido seco y constante, monótono, mientras caras negras miraban la calle a través de las ventanas. Cuentan que, cuando el cuero se cansó de bailar, los esclavos montaron en un carro a dos mujeres maduras, atadas por la cintura a sendos barriles de roble. Y que se les vio llenar los barriles de piedras y partir en dirección al lago, pero eso son hechos que aún no han sido confirmados.

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