Granada

o me extraña que llorara Boabdil, ¿a quién se le ocurre perder semejante belleza?

Granada se disfruta a pie, pisando los cantos de las calles, rozando las paredes encaladas, preguntándose qué recoveco aparecerá a la vuelta de cada esquina, que cuesta empedrada, qué fuente, qué puerta mudéjar, qué carmen, qué vista de la ciudad podrán disfrutar los ojos… Sin entrar en explicaciones, solamente contemplando las cosas desde fuera, la visita a Granada ya es merecida. Si encima te lo explican, cuentan su historia, sus costumbres, la vida que quedó en ruinas, entonces se comprende mejor y llena más. En nuestro caso, el pateo por sus calles ha sido del primer tipo, con los ojos del ignorante que se conforma con lo que ve.

Y lo que ve es un centro de calles estrechas, lleno de tiendas y gente entrando y saliendo, caminando, charlando, tomándose la cerveza en el bar, como un hormiguero alterado. Por ese centro se encuentra la plaza Bibarrambla, donde los puestos de flores han instalado su campamento y los pájaros vigilan a centenares desde los árboles, ¡qué jolgorio montan!.

Desde Bibarrambla se accede a la Alcaicería, barrio cuadriculado de bazares árabes y tiendas de souvenirs, lo más parecido a un viaje a unas galerías turcas. Ahí se pueden hacer las compras de regalos para los familiares que no vinieron a Granada.

Después, es preciso entrar en la catedral, parándose un instante en el pequeño patio que hay al final del pasillo de entrada. Contrastad ese espacio acogedor y entrañable con la inmensa altura de la iglesia, sus baldosas frías, sus paredes de blanco nuclear y los pies de esta gigante, las columnas, capaces de resistir cualquier terremoto. ¡Qué sensación de nevera en invierno! La luz entra abrillantándolo todo, resbalando por esas paredes casi transparentes, rebotando hasta cegar.

 Catedral

Salid de la catedral y dirigios a la derecha, al barrio de Realejo. Buscad allí la calle Navas y tomad un primer refrigerio en cualquiera de sus bares. Entonces, llamadme por teléfono para indicarme si la tapa es de las que dan fama a la ciudad. No tuve el gusto de averiguadlo, pero no importa. Al final de la calle, tras la plaza Campos, hay unos jardines que tienen un paseo. Subid por la Cuesta del Pescado, disfrutando de las casas y su dejadez, hasta la plaza Campo del Príncipe. Allá hay un restaurante llamado “la Ninfa” de pared decorada con ¿cerámica? de colores, un estilo a la Casa de las Conchas, de Salamanca. Buscad las calles más pequeñas y retorcidas, seguidlas mientras ascendéis. Encontraréis sorpresas como esa casa de artesonado árabe, vigas rústicas y puerta ovalada, que quizá siga en venta, junto a la iglesia de ¿San Andrés?

Podéis seguir ascendiendo y encontraréis “Cármenes” a derecha e izquierda. Tampoco tuvimos el gusto de entrar en ninguno, pero con ganas nos quedamos. Casas con patio ajardinado, algunas lo tienen con espacio suficiente para unos árboles, otras tendrán una fuente, o un pozo. Cándida nos recomendó el Carmen de los Mártires, al lado de la Alhambra, pero nuestros pies no llegaron tan lejos.

Alhambra

Si en vuestra subida llegáis al hostal “Alhambra Palace” y lo dejáis atrás, estáis a un paso del auténtico palacio de la Alhambra. ¿No quedan entradas? La próxima vez reservadlas por Internet o en cualquier sucursal del BBV. Eso sí, llevad la información de los que tiene la fortaleza, o bien alquilad un audífono en la entrada, pues dentro sólo hay carteles indicativos de lo que cada cosa es y lo que los guías cuentan a sus grupos. Conviene dejar la visita a los Palacios Nazaríes para el final. No puedo describir lo que tiene la Alhambra. Los jardines, la Alcazaba o zona militar, el palacio de Carlos V, los Palacios Nazaríes ¡qué palacios!, el Generalife… Eso se ve, no se cuenta.

Generalife

Cuando salgáis de semejante espectáculo, bajad por la Cuesta de los Chinos observando la salida del agua desde las murallas, a la izquierda, y las chumberas a la derecha. “Dios es amor” rezan los azulejos que alguien puso por allí.

Subid de nuevo por la Cuesta del Chopiz y pasad a la derecha, al Sacromonte. Es un barrio de origen gitano, de cuevas reconvertidas en restaurantes y tablaos flamencos. En ninguno entramos, queda para la segunda visita.

Volved al centro cruzando el barrio del Albaicín. Bien podéis ir por la izquierda, alcanzando el mirador de San Nicolás, desde donde se toman las fotos de la fachada de la Alhambra. Entrad al jardín de la mezquita árabe que se encuentra en el mirador, ojead el interior de la mequita. Quizá encontréis gente arrodillada, rezando, sobre el suelo alfombrado de rojo.

Bajad por cualquier calle, perdeos si es posible. Bajad, subid, volved y seguid disfrutando del canto en el suelo, de la pared encalada, de la puerta árabe que aparece de pronto. Alcanzad la calle Calderería Nueva, recorredla hacia abajo parándoos en cada tienda, respirando el ambiente de las teterías, comprando té de mil olores dulces… subid por Calderería Vieja, y comprad pasteles en la pastelería morisca. Tienen una especialidad cuyo nombre no recuerdo. Es una empanada dulce de agradable sabor a carne, vegetales y pan ligero. Imperdonable no probarlo. Y los pasteles de dátiles, y los triángulos, y el “Bruk”…

Recorred la calle  Elvira. Hay un bar llamado “Marrakech” donde el pollo con cuscus merece la pena, y el falafel, y la sopa harira es espesa y caliente, óptima para un invierno. Al final de la calle os toparéis con la impresionante puerta árabe de Elvira. ¡Qué farallón! Por ahí caben edificios de cuatro pisos.

Subid por la derecha, callejead más. Abajo, encontraréis pintadas que rezan “Apadrina una casa”. Recorred la muralla de Albaicín desde una cierta distancia, para disfrutarla bien. A media altura de la calle os cruzaréis con la calle “Zenete”, donde alguien pintó con spray una bandera rojinegra. Si seguís ascendiendo alcanzaréis el mirador de San Cristóbal, con otra maravillosa vista de Granada. Buscad la Plaza Larga y perdeos por el barrio, perdeos.

Perdeos en Granada, es mi mejor consejo.

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