Nieves,
si lees estas líneas te pido que actúes de inmediato, hija mía.
En primer lugar, dale las gracias a la Providencia por jugar a mi favor. Ella habrá dirigido a Roberto, el hijo de Marta, vecina del piso de enfrente, hacia el buzón más cercano. Cuando has estado de visita no te has cruzado con él, aunque tampoco te has perdido nada. Lo más probable es que anduviera por el terraplén, arrojándose cuesta abajo sobre cajas de cartón con esa pandilla de futuros delincuentes, o en la balsa de la cementera, buscando ranas que diseccionar a pedradas, o fumando los cigarrillos que le roba a su madre. No es agradable oírla clamar al cielo cuando el canalla regresa de sus juergas juveniles, pero uno está ya tan acostumbrado al vocerío de Marta que me sorprenderé el día que no levante la voz… o no se atreva a hacerlo.
Carteros como éste no ofrecen garantías de que la carta llegue al buzón. He tenido que comprar “sus servicios” con parte del dinero que escondí cuando las cosas se pusieron feas en casa. ¡No me equivoqué, maldita sea! Lo guardaba para momentos de auténtica necesidad y, si eres tú quien lee estas líneas, Nieves, habrá sido mi mejor inversión. Si no fuera así, este zorro se lo habrá quedado a cambio de nada, tú seguirás en tu oficina alfombrada y yo me habré ganado un enemigo más. Pero uno más poco importa. Duermo junto a Satanás...
Nieves, necesito que me saques de casa cuanto antes; no importa dónde me lleves. Si en la tuya no puedes alojarme o, simplemente, no quieres, déjame en cualquier residencia, en un hostal, una pensión, lo que sea, hija, pero aléjame de esta sala de torturas o la orfandad será la primera parte de mi herencia. La situación con tu madre ha llegado a tal punto que la única solución positiva para todos depende de tu intervención.
La otra solución no es tan positiva: me he dado un plazo. Lo decidí anoche, tras sentir cómo se apodera el vacío de un ser humano. No necesité de ningún impulso valiente que me ayudara a tomar la decisión, simplemente el pasar las largas horas despierto, esposado sin misericordia a esta silla, rogando que con esto desaparezca el demonio que trasladé a tu madre hace muchos años y pidiéndote perdón por mi osadía, con los ojos inundados. Nieves, has de venir por mí antes de dos semanas días a partir mañana, fecha en que te remitirán esta carta a Bélgica, o la próxima se la escribiré al juez. No estoy dispuesto a pasar más tiempo con ella. ¡Necesito que me saques de aquí, Nieves!
No te molestes en llamar por teléfono, ni tampoco en responder por correo. No servirá de nada. Tomará tu carta del buzón, la abrirá en el portal y, si contiene alguna referencia a mi persona, no dudará en romperla y arrojarla a la primera papelera que encuentre. Este Septiembre pasado, volviendo de alguna pillería con esos fantasmas del barrio, Roberto observó cómo tu madre echaba unos papeles al contenedor de la basura. Cuando se marchó, él recogió un trozo que voló el viento antes de caer al basurero. No sé qué ángel empujaría al andóbal, pero se presentó en casa, me contó el suceso y me dio el papel como si de un botín recuperado se tratara. Era parte del remite de una carta tuya. No te puedes hacer idea de mi conmoción al verlo, casi me echo a llorar delante del chico. “¡Vete de aquí!”, le dije cerrando la puerta de un golpe. Y exploté. Lloré como si me estuvieran matando. Aullaba, martilleaba con el puño el brazo de la silla, las lágrimas no cabían en mis manos; necesité secarme con una toalla. ¡Qué espectáculo te perdiste, Nieves! Tú que te quejabas de mi falta de emociones, de mi silencio, de mis cejas tensas soportando el peso de una frente arrugada, y yo guardándome la verdad para no hacerte daño.
Esa insignificancia me confirmó que te acuerdas de mí cuando escribes. ¡Sin embargo ella lo niega! Lo viene negando desde que te marchaste a resolver Europa, tan lejos de nosotros. Pero tu madre te idolatra. Su rabia es contra mí, de ti dice maravillas: que estás en Bruselas, que diriges un comité de alimentación, que hablas idiomas, que mucha gente depende de su hija… y que no quieres saber nada de tu padre. No me lo creo, no puede ser cierto. ¡Rompió tu carta, Nieves!
Lo controla todo, lo lee todo, lo alcanza todo antes de que mi silla de ruedas pueda maniobrar. Me he convertido en una marioneta de ojos nublados y cabeza pesada, esperando que la tiren de los hilos, inerte, sin esperanza, acobardada. Hay hechos que te darán la medida de la transformación de tu madre después de mi accidente. Te voy a contar alguno, para que conozcas el calvario por el que está pasando esta marioneta, imagines el estado en que se encuentra y le llegues a perdonar algún día.
Hace tres meses se secó la última gota de aceite del eje de la silla, y empezó a protestar con un chillido al girar la rueda. Le pedí grasa a tu madre. ¡Idiota de mí! Se dio cuenta de que el soniquete agudo advertía mis movimientos por las habitaciones y que me podría controlar gracias a él. “Recoge la que no te comas, desgraciao”, fue toda su respuesta. ¡La que no te comas, dijo! Maldita sea su maldita estampa. ¡Si me diera de comer al menos! Pero tampoco te lo habrá contado.
Antes comíamos juntos en la mesa de la cocina. La comida de bote ya me parecía una dejadez por su parte pero no podía quejarme: yo no puedo cocinar. Tu madre comía callada, mirando el plato y dándole vueltas cosas que no me contaba. No respondía a mis preguntas. Un día se quedó mirándome y empezó a reírse. Me dijo “¿Te acuerdas de cuando éramos niños?”, y volvió a sumergirse en sus secretos pensamientos. Al día siguiente, me sirvió la comida sin calentar. “Nuevas normas”, dijo. Mis protestas sirvieron para que hiciera el ademán de tirarme la sopa por el fregadero. Me costó esfuerzo sacar el plato caliente del microondas, manché la camisa y casi me abraso la cara, pero ella no movió ni un músculo. Fui a cambiarme de ropa. Al volver, la sopa ya estaba fría otra vez. Comprendí que iba a ser muy difícil hacerlo sólo. Mis súplicas rebotaban contra su insatisfecha sonrisa. Durante la semana reinó el silencio en la mesa. Pensé que ahí quedaría su maldad pero me equivoqué. Primero desapareció la servilleta; otro día me encontré con el bote de fabada abierto junto a los cubiertos; más adelante, estos fueron sustituidos por el abrelatas y el bote cerrado. La veía disfrutar con la situación, cavilando el siguiente golpe. Mis súplicas se convirtieron en amenazas cuando me encontré el microondas encima del frigorífico. “Te vas a morir”, me decía alargando la ‘i’ con un tono infantil mientras sonreía. Pero eso tú no lo sabes, Nieves.
Un día antes de que vinieras a verme, el aparato ya se encontraba en su sitio original y yo aguantaba sus coacciones para callar o morirme de hambre. Lo que viste el fin de semana de tu visita no refleja la vida de tu padre. Mi silencio no se debía a una depresión por perder las piernas, como te hizo creer ella. Yo perdí mucho más esa noche: con mis piernas se fue mi persona, y en el coche quedó un molesto animal que necesitaba muchos cuidados domésticos.
La conciencia de tu madre ha saltado todas la barreras y no va a regresar nunca. Te explico el porqué más abajo, al final, para que comprendas su cambio. No me creas si no quieres, estás en tu derecho de defender a la mujer que te dio la vida, aunque a mí me la esté quitando poco a poco y desconozcas su trato actual conmigo. Sólo te pido que cojas un avión y me lleves contigo, ¡piérdeme en alguna calle de tu Bruselas! Incluso así me sentiré menos abandonado que con este pozo de venganza interminable. ¿Sabes cuál es el empujón que me ha acercado al borde del acantilado?
El microondas sigue funcionando sobre el frigorífico. Últimamente calienta cenas para desconocidos. En un principio, eran esporádicos los fines de semana que no venía a dormir. Encajé el golpe con vergonzosa calma: nuestra relación cambió radicalmente tras mi accidente y, al fin y al cabo, para acostarse con un paralítico se necesita un diálogo que no tenemos. Al darse cuenta de mi resignación, cambió de estrategia. El jueves pasado se compró un vestido negro ajustado, invisible por la espalda y con un escote abierto en canal, que más parece una falda oscura con tirantes sobre los pechos que un atuendo de noche. Ayer sábado, por la noche encontré la mesa puesta en el salón. Doble plato, una vela alta en el centro, botella de tinto, copas en vez de vasos, todo preparado por ella y su vestido escotado, sin dar explicaciones. Me di cuenta de que no llevaba sujetador cuando se dirigió hacia mí y giró la silla. Cuando me desperté no podía respirar por la boca. Mis manos estaban fuertemente atadas a los brazos de la silla y no veía nada. El olor de los ajos me hizo pensar que estaba en la despensa. ¡Qué vejación la mía! Oí una conversación y chocar de cubiertos, risas estridentes, una voz masculina, gritos de diversión, algo de cristal que se cayó al suelo, el silencio, sus gemidos amplificados para que no perdiera detalle, jadeos, más gritos, ¡qué explícita y qué ruín! No tuvo ni un asomo de piedad conmigo. Sonreía esta mañana mientras me desataba.
Nieves, ya no puedo seguir reventándome más, no me queda nada. Sólo tú y ese granuja al que intentaré pasar esta carta por el tendedero, como si de un calcetín mojado se tratara. Pensarás que todo es mentira y que ésa no es tu madre, pero te aseguro que me ha despellejado vivo y ahora me está cocinando a fuego lento. Vivir me resulta indiferente. Quizá me lo merezca, tampoco lo descarto, pero no es ella quien me ha de juzgar. Actúa como un animal herido, como un perro revuelto al recibir un palo, y se ha acomodado en la venganza.
Te decía que su conciencia no iba a regresar nunca. Ya es tarde. Yo mismo debí fastidiarla hace mucho tiempo, cuando era un crío más joven aún que Roberto. De niños, tu madre y yo éramos vecinos. Vivíamos en plazuelas contiguas, y nos veíamos por la calle a menudo. Pese a ello, no éramos amigos. Yo era un chaval muy travieso, capaz de salirse con la suya cuando algo se me metía entre ceja y ceja, sin pensar si estaba bien o mal, no distinguía. Sólo quería soltar mi genio, divertirme. Tu madre era una niña menor que yo, morena de pelo rizado, más delgada y con la piel siempre pálida. Su mirada tristona y perdida me atraía poderosamente la atención. Ojos negros sobre piel decolorada, ¡cuánto brillaban al llorar!
Íbamos al mismo colegio, un edificio de ladrillo, con ventanas altísimas y un gran patio de arena. Ese patio era lo mejor que había. En clase me aburría escuchando y cantando canciones. Estar quieto, sentado, sin campo para correr, sin juegos, con los brazos cruzados, me cargaba de nervios y no veía la hora de salir al recreo. Y cuando ocurría, ¡qué rápido pasaba el tiempo! Primero tenía que buscar a esa delicada vecinita mía entre la algarabía de críos corriendo, de vestidos de colores y de montañas de tierra. Solía estar con otra niña haciendo dibujos en la arena o jugando a las tabas con cantos, y siempre en el mismo rincón del patio. Ya empezaba a quejarse cuando me veía llegar, estremecía su cara y buscaba a su hermana con la mirada. La pobre no se movía de donde estaba, paralizada por el lo que la venía encima. “Hombre, ya te encontré”, solía decirle. Yo tenía poco tiempo antes de que su hermana se presentara. Agarrándola del brazo, la obligaba a sentarse frente a mí. Recuerdo que su muñeca era muy liviana. Entonces, yo empezaba a poner caras extravagantes, a amenazarla con mis dedos en garra, a mostrarla los dientes, a decirle un buen puñado de salvajadas, “te vas a morir, ¿sabes?”, mientras ella escondía las manos entre sus rodillas, apretadas una contra la otra. Agachaba su cara inocente para desviar la mirada pero yo la obligaba a mirarme. Quería ver sus primeros gimoteos. No sé por qué, pero disfrutaba haciendo llorar a esa niña tan asustadiza. Tampoco sé por qué su hermana no me ponía en mi sitio de un guantazo, pese a mayor edad y altura. Sólo sé que me encantaba ver el desamparo reflejado en sus ojos negros. Años después, me casé con ella.
Sembré miedo en una niña y ahora lo estoy cosechando. La cosecha es abundante, Nieves, pero no puedo cargar con ese peso. Si no te llega esta carta o me tomas como un maníaco perseguido y no vienes, al menos perdóname por irme sin decirte adiós.
Tu padre que te espera.