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Doomsday

Este relato iba a ser para el blog Sintramanifinal, pero me ha sido imposible desarrollarlo en menos de 200 caracteres, así que Javi deberá esperar un microrrelato de verdad.

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Bienvenidos, señores. Perdónenme si he interrumpido sus vacaciones. No se preocupen, las verdes playas de Sumatra seguirán en su sitio cuando terminemos; volverán a degustar sus “margaritas” en la piscina y a sus putillas en la habitación (disculpe, señorita Schapel). Les he hecho venir porque quería darles personalmente esta noticia: la fase intermedia del “Proyecto E.T.” ha finalizado, comenzamos la fase final.

Ya saben que la población aumenta de manera catastrófica desde del siglo pasado. Las medidas de control, financiadas por ustedes durante los últimos sesenta años, solo han logrado un éxito parcial: la disminución de la natalidad en los países más organizados no se ha visto reflejada por debajo del ecuador. El cáncer y la esterilidad por envenenamiento mediante fertilizantes y pesticidas es un proceso lento e irregular (mucha gente lava la fruta y la verdura). La intoxicación a través de los conservantes fue abortada (cualquier laboratorio casero del sur de Italia podría detectarlo). Y, aunque ahora desarticulemos los malditos servicios sanitarios, los antigripales y el SIDA no aseguran el descenso significativo en el número de jodidos seres humanos que necesita este planeta para asegurar nuestra supervivencia. Modificar el azúcar iba a ser el siguiente paso pero, por fin, los chicos de la bata blanca de Minsk han obtenido los resultados satisfactorios… Descúbrelo, Spencer.

Les presento a Karol. ¡No se asusten, señores! No es más que un humanoide con forma indefinible… a caballo entre mantis religiosa, insecto palo y piraña . Un poco más alto que ustedes, sí, un poco más feo, ciertamente más fuerte y seguramente más voraz… Controlen su miedo. Lo huele. También han financiado las investigaciones con células madre y genética aplicada que han parido este monstruo. Después de los fracasos acumulados, un ejército de Karols hará el trabajo sucio de manera rápida y eficaz. Pero antes de soltar una plaga de mantis pirañas, crearemos confusión para que la gente no sea capaz de reaccionar.

A través de los medios de información oficiales, daremos crédito a teorías conspiranoicas de la invasión alienígena; la NASA mostrará restos de ciudades en la cara oculta de la luna, ovnis procedentes de la corona solar o emergidos del deshielo ártico, se harán visibles a la aviación comercial y sus avistamientos no se taparán como secreto de Estado. Altos cargos militares aparecerán en tertulias de radio y debates de televisión donde estos avistamientos serán analizados. Su cometido será oficializar la idea-fuerza que debe calar en el subconsciente colectivo: “El ejército desconoce el origen: debe ser considerado un ovni” Con la opinión pública viviendo un shock, bloquearemos las comunicaciones submarinas y los satélites. Nuestros extraterrestres “aparecerán” en medio de las grandes ciudades… y se darán un largo festín. Las primeros humanoides están siendo probados en la frontera estadounidense con México, bajo la apariencia de la guerra entre narcotraficantes. Efectivos, ¿verdad?

El objetivo es reducir la población mundial a un diez por ciento. ¿Cómo los pararemos después, se preguntarán? No pueden procrear y sus vasos sanguíneos se disuelven a partir de un cierto nivel de proteína acumulada. Se autoextinguirán. Mientras tanto, la señorita Schapel y yo nos broncearemos en pelotas en alguna isla del Pacífico Sur. Lo siento, señores, ustedes no están invitados. El “Proyecto E.T.” comienza su fase final y Karol les va demostrar que su dinero ha sido invertido con inteligencia. Perdonen si les dejamos solos, no es nada personal…

El casi reloj suizo

Pertenezco a una comunidad cristiana. Lo llamamos así: “comunidad cristiana”, pero no se acerca a una verdadera “comunidad”, sino a un grupo de creyentes que comparte su vida y su fe. Naturalmente, el roce hace el cariño, así que mi comunidad es algo más que un simple grupo. Y es que son ya unos 12 años de cariño con las mismas personas.

Hoy tuvimos reunión. Comenzábamos un nuevo “curso”. Compartimos la semana, actualizamos nuestras vidas con los que no vimos en verano, hablamos del repentino adiós de una monja muy querida por nosotros (q.e.p.d.) y comentamos lo que nos sugería unas lecturas sobre las Bienaventuranzas. En eso somos casi como un reloj suizo: uno se decide a compartir su visión de las Bienaventuranzas (que habrá madurado a lo largo de unas semanas y escrito en papel) y, en orden secuencial, los demás comparten la suya, como si la aguja invisible fuera marcando las horas señalando a cada uno de nosotros. Pero no somos como un reloj suizo. Somos CASI como un reloj suizo.

Ocurre que, cuando esa aguja me señala a mí y comienzo a dar “mis campanadas”, el reloj se atraganta. El orden secuencial, que tan respetuosamente hemos cuidado hasta ese momento, se altera. Los compañeros, tan atentos a escuchar la opinión de los demás sin interrumpirle, algo encuentran en la mía que les obliga a preguntarme, o a sugerirme, o a sacar otro tema a colación de mis palabras. La cosa pasa de “yo doy mi opinión” a “yo me veo sumergido en un diálogo con una o dos personas en el que doy explicaciones o soy juzgado por las actuaciones que haya podido describir al comentar mi opinión”.

A dos razones reduzco esta invasión de mi turno de palabra: 1) mi opinión es menos importante que las de los demás y se puede interrumpir; 2) Dios, en su “infinita sabiduría”, quiere que el orden secuencial de ese absurdo reloj suizo cobre un poco de vida, de naturalidad humana,  y convierte mi intervención en un tiempo para el debate.

La primera razón (“mi opinión es menos importante”) no me la creo. Al menos, yo le doy el mismo valor que a las demás. Incluso hay algunas opiniones que me desmerecen en algunas ocasiones (aún así, las escucho hasta el final y hasta me ahorro los comentarios).

La segunda razón (“mi turno se convierte en espacio de debate por obra de Dios”) es la que, para mí, tiene más sentido. Como puede resultar difícil de entender para los ateos, me explicaré: Dios convierte mi turno en un espacio de diálogo y debate porque yo no me opongo a ello, porque no pido a mis compañeros que no se me interrumpa como no lo hacemos con ellos, y porque, pese a que realmente me escuece que siempre sea el mismo el interrumpido, es positivo para todos el intercambio de ideas, así que lo permito sin recriminárselo. Dios propone y uno dispone, y así, cuando uno dispone lo que Él propone, es obra suya claramente.

Por cierto, otro que (por fin) parece estar dispuesto a lo que Dios viene proponiendo desde hace más de 2.000 años:

 http://www.elmundo.es/elmundo/2011/09/25/internacional/1316968886.html

 

 

 

La sandía estaba pagada, sólo había entrado en Don Tomate a echarla en una bolsa y subirla a casa. La operación no era tan fácil: la bola verde botella pesaba cerca de trece kilos. Entre Blanca, Araceli (las encargdas de la frutería) y yo, logramos que encajara perfectamente en una raída bolsa de malla que traía conmigo. Cuando agarré la malla por sus asas redondas de cuerda negra, imaginé por un instante que era un jugador de bolos salido de “Los Picapiedra”.
- ¿Puedes con ella? – me preguntaron. El tamaño de esa bala de cañón con pepitas era la anécdota de la mañana. Se preguntarían si seríamos capaces de comernos la pieza antes de que se estropease, por no especular sobre cómo partirla para encajarla de alguna forma en el frigorífico.
- Sí. Mañana celebraremos el 11S y nosotros vamos a llevar “la fruta” – les dije a modo de explicación, para que comprendieran que el canicón verdirrojo no iba a durar mucho. Sin embargo, aunque mis palabras despejaron sus dudas sobre la fruta, les crearon otras sobre el evento, a juzgar por la cara de Blanca.
- ¿Váis a “celebrar” el 11S…? ¡Ah, claro! Que es lo de las Torres Gemelas. Pues… muy bien.
Caí en la cuenta de que hablábamos de acontecimientos distintos y de que debía profundizar más si quería que no nos tomasen por yihaidistas fanáticos. ¡Cómo! ¡Nuestros clientes desde hace años resulta que brindan por el macabro atentado!, debió pensar la rubia dependienta en un flash mental.
- El 11 de septiembre es Año Nuevo en Etiopía. Desde el año pasado, algunos padres adoptantes en dicho país nos juntamos para celebrar su lejana Nochevieja: quedamos para comer y pasar la tarde en un parque, donde los niños jueguen. Y llevamos algún detalle cultural, banderas, un relato de historia, unas bengalas, algún traje típico… para ambientarlo. Este año, cada uno llevará un poco de comida. Nosotros, la fruta.
- Ah, bueno – dijo Blanca relajando los párpados – Pues qué bien entonces. Ya nos contaréis cómo lo habéis celebrado.
- Espero que comiendo sandía… – le contesté cargando como pude aquella bola de trece kilos.

Ayer tuve mi primera clase de pilates.

Recojo el boli que se me ha caído al suelo y os cuento la experiencia. Un momento…

para el concurso “Relatos en Cadena” que no han pasado el corte.

1. Vete y vive

Todo el mundo sabía que era una mujer bala. Era un secreto a voces. Aunque se esforzaba en disimularlo, hacía meses que se habían dado cuenta. En el supermercado, cuando guardaba la compra en bolsas, dejaba en el aire un azufrado olor a pólvora que molestaba a los clientes en la caja; su piel brillante era fría y suave al tacto; raras veces se oía su voz metálica; hasta su ex pregonó a los cuatro vientos que vestía blusas “Parabellum”. Harta del vacío que le acompañaba, había resuelto cambiar de ciudad. Allí se sentía observada, incómoda, a punto de explotar.

2.  Los opuestos

Todo el mundo sabía que era una mujer-bala, pero eso no importó a Bernardo: se casaría con ella. Pese a su manía de beber de los cubatas ajenos en la discoteca, acudir a fiestas de personas desconocidas, mostrar el tatuaje de su pecho izquierdo en los semáforos o presentarse voluntaria para la representación anual del Belén Viviente. Él se encontraba en las antípodas de esa acelerada personalidad: era considerado un hombre gris. Y, sin embargo, la conquistó. Al fin y al cabo, balas y grises nunca se llevaron mal.

3.  La gripe y la justicia

- “Todo el mundo sabía que era una mujer bala. A sus hijos no descuidaba …”, comenzó a leer la taquígrafa.

-  Gracias. – interrumpió el fiscal –Han sido sus declaraciones. ¿Es así, señor Fernández?

El acusado agitó furiosamente la cabeza, manchando como un aspersor en retroceso con su gotera nasal, se aflojó la bufanda y, levantándose, señaló a la taquígrafa con el pañuelo usado:

- ¡Mala! ¡Uda bujer mala! ¿Está soda, sedora? Y do “descuidaba” ¡”Do-les-cuidaba”! A bí be faltadá la dicción, pedo al benos tengo odeja ¡Aa…aa… tchis!

Asqueado al ver su toga salpicada, el juez decidió dictar sentencia, pero se detuvo al palpar el martillo mojado.

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