Colores, razas… cuentos

Cuento enviado por un padre con hijas adoptadas en China a otro padre con hijo adoptado en Etiopía.

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Había una vez una granja, en la que las gallinas eran tan felices que ponían siempre los huevos perfectos. Por las mañanas el granjero, que también era muy feliz, recogía los huevos, y estos acababan siempre en un pequeño colmado, donde una amable señora los vendía.

Una mañana, como siempre, el granjero llegó y recogió los huevos poniéndolos en una caja. Cuando acabó subió la caja a su coche y se dirigió al colmado, en el que le esperaba la amable señora.

-         Buenos días – dijo él saludando

-         Buenos días – contestó ella -¿Cómo están hoy?

-         Estupendos, tienen una pinta fantástica.

Abriendo la puerta de atrás del coche, levantaron la tapa de la caja y al ver la señora que de verdad todos parecían fantásticos pagó al granjero, que le ayudo a descargar la caja en la parte trasera de la tienda.

Como todos los días, la señora se preparó para poner los huevos en las hueveras, pues los vendía de seis en seis. Como habían muchos huevos blancos, y muchos de color tostado, empezó a repartirlos de forma que en cada huevera hubiera o bien seis huevos blancos o seis de color tostado, para que no estuvieran mezclados, pero tras hacer el reparto, cuando sólo le quedaban seis huevos, se dio cuenta de que 5 eran blancos y el otro no, y como no podía hacer otra cosa puso los 6 huevos juntos en una huevera.

Ya os he dicho que ese pequeño colmado vendía los mejores huevos de la ciudad, y como siempre las ventas fueron estupendas. Aún no era medio día cuando una señora compró la última media docena, la que tenía los cinco huevos blancos y uno tostado.

-         Mamá, mamá !! – Le gritó su hijo – Estos huevos están mal, hay uno de diferente color

-         No hijo, es igual que los huevos sean de un color o de otro. Todos están igual de buenos

-         No mamá, yo sólo quiero huevos blancos

Como todos los niños, cuando se les mete una cosa en la cabeza ya no hay quien se la saque.

-         Haremos una cosa – dijo su madre después de discutir – Hoy en casa todos comeremos dos huevos,  papá, tú y yo. Si aciertas quien se come el huevo tostado jamás volveré a comprar huevos de ese color.
El niño, aunque enfadado y refunfuñando no tuvo otro remedio que aceptar, convencido de que encontraría una forma de diferenciarlos.

Al llegar a casa se puso a observar los huevos para ver si el tostado era de diferente tamaño y así distinguirlo en el plato,  pero … vaya, todos parecían igual de grandes. La primera parte de su plan le había fallado.

Cuando llegó la hora de la cena, se sentó en la mesa rápidamente para ver llegar a su madre con los platos. Un plato con dos huevos perfectos fue a parar delante de su padre. “Este no debe de ser, porque son idénticos”, pensó. En su plato también dos huevos perfectos, idénticos a los de su padre. “Ajá … así que los tiene mamá”. Pero cuando su madre puso su plato sobre la mesa su teoría se desmontó. También parecían iguales. Con la mirada empezó a recorrer los tres platos esperando encontrar una pequeña diferencia .

-         Come que se van a enfriar – Le dijo su padre

Entonces tuvo una idea.

-         Un momento, ¿ Me dejáis probar vuestros huevos ?

Su padre puso cara de perplejidad, mientras su madre sonreía.

Comenzó con su plato. Los dos huevos estaban muy buenos, y no pudo encontrar diferencia en el sabor. A continuación probó los de su padre, que le observaba asombrado por no saber lo que sucedía. Tampoco encontró diferencia. “Lógico, se los ha puesto ella para que yo no los probara”. Decidido tomó el tenedor y probó uno de los huevos. Estaba tan bueno como los demás.

-         He probado todos los huevos y sabían todos igual, así que este – dijo señalando al huevo que faltaba – es el huevo de color tostado

-         ¿Y porque no lo pruebas ?

Reticente lo probó, esperando encontrar algo en el sabor que no le gustara pero … Sabía exactamente igual !!

-         No lo entiendo ¿Dónde está el huevo tostado?

-         En tu plato, quería que lo probarás.

-         Pero si el huevo era diferente, entonces …

-         Hijo, lo que te comes es el interior del huevo, ya ves que no te has de fijar en el color de la cáscara porque lo que importa es el sabor

Entonces el niño lo entendió y dijo :

-         Mama ¿Por qué no mezclan siempre los colores?

Los objetos nos llaman, JJ Millás

Acabo de terminar el libro cuyo título da pie a esta entrada. Es un libro mediano en cuanto a volumen, unas 240 páginas, de relatos breves fantásticos. Son fantásticos porque el autor tira de fantasía en la mayoría de ellos, fantasía para convertir una anécdota, una experiencia cotidiana, en una especie de sueño en el que todo es posible, desde que un maniqui sude, hasta que tu madre compre un pollo en la carnicería  para enterrarlo en una jardinera de casa. Un libro delirante porque sus relatos parecen delirios de un enfermo con la fiebre por las nubes. Y todo salpicado de un humor sencillo, de frases muy naturales, sin grandilocuencias. Se vuelve divertido pensar que al autor le han pasado esas cosas que relata, imaginárselo en cada situación. Narra sus “experiencias” de forma amena y con humor. Naturalmente, hay algunos relatos más aburridos, o de sonrisa más difícil de lograr, pero son los menos.

Yo lo recomiendo, especialmente para cuando no se dispone de mucho tiempo para leer o para seguir una trama. Te lees dos, tres, cuatro relatos y florece la sonrisa.

Acabo de descubrir a Juan José Millás como escritor (a veces le he oído en radio) y repetiré con “El mundo”, que creo es su biografía.

Las canciones de mi vida (7)

En 3º de BUP (Bachillerato Unificado Polivalente), ahora desaparecido, yo cursaba una asignatura llamada “Dibujo Técnico”. Sí, sí, había elegido el camino de las Ciencias Puras con la clara intención de dedicarme a la investigación tal día como hoy; no me tomé en serio las caras de decepción de mis profesoras de Historia y Literatura, y no cambié de elección al acceder a COU (Curso de Orientación Universitaria) ni a la hora de elegir carrera (¡qué obcecación la mía!). El caso es que la asignatura de “Dibujo Técnico” era de las pocas a las que asistía con alegría. Además de pasarme la hora trazando líneas con la escuadra y el compás, el ambiente en clase era de lo más relajado. Nuestro profesor (¿Diego?) era un tipete jóven, de aspecto fuerte, con algún centímetro de más en la barriguilla, pelo corto y carácter desenfadado y dialogante. Tras las breves explicaciones teóricas, lo mismo pasábamos tres días dibujando prismas que giraban en el espacio de las blancas hojas de A3. Naturalmente, comentábamos las noticias, nos levantábamos a ver cómo dibujaban los compañeros o nos dedicábamos a repasar otras asignaturas cuando habíamos concluido nuestro trabajo.

Nos sorprendió a todos cuando un día nos dijo: “Si queréis poner música, ahí al fondo tenéis un radiocasette”. ¡Toma! ¿Así que podíamos estar en clase y oyendo música al mismo tiempo? ¡El paraíso del estudiante adolescente! Sin embargo, nadie tenía una cinta de música (no tengo claro que los CD’s se hubieran inventado aún).

Al día siguiente de la noticia, yo llevé la cinta que a mí “me molaba”. Era de Enya. Nadie tuvo objeción en que la pusiera. Pasamos la clase escuchando la espiritual música de la cantante irlandesa. Y, al día siguiente, también. Y al siguiente. Y al otro; y al otro y… Ese curso nos salió Enya por las orejas, pero pocos protestaron.

Enya fue la primera razón que me motivó a hacer un viaje a Irlanda, que aún sigue pendiente, y la puerta de entrada a la música celta.

Ha puesto su voz a las bandas sonoras de Gladiator y El Señor de los Anillos.

No he vuelto a disfrutar en clase tanto como entonces. Gracias Enya, gracias profesor.

Las canciones de mi vida (6)

Pedrajas de San Esteban. Finales de agosto de 1990. Con dieciséis años paso cuatro días en el pueblo de mi padre para vivir las fiestas patronales. La aventura se vuelve de lo más divertida: somos cinco primos de edades parecidas y con ganas de divertirnos. No pertenecemos a ninguna peña del pueblo pero ¿para qué? Vivimos en casa de mi tío, que nos mantiene el frigorífico repleto, dormimos la siesta en el salón y salimos y entramos de casa sin hora fija. Nos hemos juntado con un grupo de chicas para ir de copas y baile.  Son más jóvenes que nosotros; tendrán los catorce años, y son amigas de nuestra vecina María. Ellas sí tienen peña. Es un cuartucho, con un par de sillones desvencijados y un frigo con bebidas. Allí solemos tomar la primera de la noche, las demás, en los bares. Alicia me resultó la más interesante. Atractiva y tímida, parecía la más madura. Había dos hermanas simpáticas, María, que también era un encanto aunque parecía más niña, y Belinda, desenvuelta como pocas, espabilada, con las ideas claras y amante de la fiesta. David se enganchó a Belinda hasta que conoció a otra chica, que lloró mucho cuando las fiestas acabaron y mi primo regresó a la ciudad. María me miraba mucho pero a mí me gustaba más su hermana, que tenía mi edad y un ojo verde y otro azul. Un belleza extraña que también le atraía a Armando.

Armando. Metro noventa. Simpatía y cachondeo a raudales. Más tímido que yo, si cabe. Madrileño. Le conocí gracias a mi primo Felipe y ese verano se incorporó a mi corta lista de amigos íntimos. Una tarde, después de deambular por las calles de Pedrajas, Felipe comentó que había visto en una placa el apellido Merino, y que le sonaba de algo. Mi tía le aclaró que por algún extremo del árbol genealógico existían lazos de sangre con la familia de la placa y Felipe, resoluto y valiente, decidió presentarse al día siguiente a dicha familia. Ese mismo día trabó amistad con Armando y David, los nietos de la dueña de la placa. Dos días más tarde, pateando otra vez las calles del pueblo mientras esperábamos que llegara la noche y abrieran la discoteca, encontramos a los hermanos Merino jugando al baloncesto en la pista deportiva de un colegio. David era tan alto como Armando. Allí nos conocimos. Nos invitaron a jugar pero yo no me atrevía a hacer el ridículo frente a semejantes torres. Quedamos al día siguiente para echar unas canastas y salir por la noche.

Fue Armando quien me descubrió, aunque fueran muy conocidos yo no les escuchaba, a El Último de la Fila. Entre canción y canción de Manolo García y Quimi Portet nos jugábamos a las cartas a la hermana de María. Así matábamos los ratos tras la cena. El chinchón era nuestra especialidad. Una partida, un día de la semana para estar con ella. Creo que gané los martes, miércoles y sábados. Éramos caballeros entre nosotros. Y nos los pasábamos en grande en aquellas noches de verano en Pedrajas. Una vez, al año siguiente, a eso de las cinco de la mañana estábamos muertos de frío esperando que abrieran una hamburguesería  donde “desayunar”. Para entrar en calor decidimos correr durante quince minutos alrededor del parque. Parecía una escena anormal: dos adolescentes en manga corta a las tantas de la noche corriendo por la acera alrededor de un parque. Otro año nos propusimos ligar en fiestas (los dos éramos más cortados que los bombones de Uña). Esa vez le gané, gracias a Juani. Pero se desquitaría él un año más tarde, ya en la mili, aprovechando su metro noventa, traje caqui y posibilidades en Madrid.

Armando, el último de la fila. Justo donde me sentaba yo en clase. Resultó que su padre y el mío habían compartido correrías juveniles también. La vida da más vueltas que una peonza.

Sonreír eleva la moral

Conducía hacia el trabajo en una mañana de niebla intensa, la tradicional de Valladolid, y me ha dado por sonreír y, a la vez, imaginar que era una persona motivada, persona cuyo único deseo en ese momento era el ir a trabajar.

Con esa falsa sonrisa en la cara y la parodia de trabajador motivado, he pensado en los proyectos que he dejado de lado: el voluntariado en la ONGD, la carrera en la Uned, la idea de escribir relatos, la intención de leer más novela y cuentos, el deporte… Automáticamente, he creido que no tenía motivos realmente bloqueantes que me impidieran continuar con esos proyectos;  he sospechado que el día disponía de las horas suficientes para llevarlos a cabo, si bien no todos el mismo día, sí en cortos espacios de tiempo repartidos a lo largo de la semana. Los lunes, acción social; los martes, jueves y domingos, estudio; los miércoles y viernes, deporte; todas las noches, lectura; los sábados por la noche, escritura. Me ponía en esa situación y, más o menos, me sentía una persona satisfecha de ir realizando sus planes de vida. Lo que hace una sonrisa…

Al tomar el desvío hacia el Parque Tecnológico despierto de mi ensoñación. Me vuelvo a fijar en la espesa manta de niebla que me hace circular despacio. Mis labios vuelven a su horizontalidad natural. Veo que, una vez más, conduzco hacia la oficina; hoy, además, llego diez minutos más tarde porque Samuel se ha “saltado el guión” y ha hecho caca antes de salir hacia la guardería. Le he cambiado de pañal cuando ya teníamos los abrigos puestos. Lo gracioso es que él mismo me ha avisado: me ha dicho “Ca-ca”, con ojos de  “tú verás lo que haces”. Tampoco iba muy despierto porque anoche, de nuevo, me volví a enganchar a las series de la Fox y mis orejas aterrizaron sobre la almohada a las 2 de la mañana. No, macho, ver “Miénteme” (serie sobre la capacidad de descubrir si dicen la verdad a través de los gestos del cuerpo) no es válido como estudios de psicología, que de eso no me van a examinar. Me ha dado por pensar en las fechas que estamos y la cantidad de tiempo perdido en buscar algo de diversión por los canales de la caja tonta. Ahora sale un mensaje de fondo blanco que indica cuándo cada cadena deja de emitir en digital y sólo podrá verse en TDT. Para mí va a ser un alivio el dejar de disfrutarlos.  Si ese tiempo lo gano en horas de sueño, merecerá  mucho la pena. A ver qué tal paso “el mono” en febrero.  Tal vez, hasta me mueva un poco más, salga a caminar o a empujar la silla de Samuel al menos una hora, y con eso haga algo de deporte.  O bien, decida leer o estudiar. Está la cosa difícil. Mucho cansancio ocular después de la oficina. Uno no debe pasar tantas horas delante del ordenador. Mi vista ya se resiente. Que se lo digan a mi padre y a mi suegro, a quienes llevé  en coche el martes por la noche durante 200 kilómetros de curvas, rectas y cambios de rasante. No dijeron ni pío. No sé si porque el miedo les atenazaba o porque no había un tema de conversación interesante. Voy directo hacia las cataratas, me temo. Y por ese camino, las lecturas no son lo más apetecible. Naturalemente, sin ellas no hay escritura que me valga a mí…  Llego al garaje de la empresa. Mis labios mantienen su neutral horizontalidad.

¿Falto de sonrisas que me eleven la moral o prematura crisis de los 40? Es lo primero, qué demonios. Hay que sonreír más.

(Dedicado a Mingafría y Rosa. Chicos, sonreid. Es lo más rentable)

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