Fuentes web
Entradas
Comentarios

Aquí cada día es una noticia nueva.

Esta semana arrancó con las cabezas cortadas de 4 periodistas de otro medio de comunicación con el que el nuestro tenía tratos y maltratos a partes iguales. Descansen en paz. Todos queremos dar la mejor exclusiva, la más impactante, ganar el Pulitzer y regresar a casa, a ser posible, vivos y coleando. La competencia es feroz. A la cara te sonríes y a la espaldas guardas secretos y cargas la Beretta. Yo nunca lo he entendido. Cuando vienes a una zona de guerra, lo último que debes hacer es traicionar al que viene contigo, sea de tu periódico o del de la competencia. Hay que apoyarse. La exclusiva caerá del que más arriesgue. Pero no. Los occidentales no entendemos el trabajo desde la colaboración, sino desde la competencia. Queremos prevalecer, por encima de los demás y casi a cualquier precio. No sé si las cabezas de estos compañeros de profesión han caído por las guerrillas competenciales, por las balas perdidas que gestionan los recursos o por la falta de noticias que dar, que hace perder el sentido del trabajo y arriesgarse a entrar donde uno no debe entrar. En cualquier caso, el martes regresaron en bolsas negras al aeropuerto de Barajas.

Hoy había huelga en España. No sé cómo habrá resultado. Aquí no la hemos hecho, por eso de que estamos en el foco del problema, pero sé que casi todos los compañeros de la redacción la han secundado. Es más, piensan continuarla con intención de recuperar sus atrasos.

Entre medias, una sorpresa. Un antiguo jefe de redacción, que se despidió de un periódico en el que yo trabajé, ahora es director de otro medio de prensa que, al parecer, está en crecimiento. Por los rumores que me llegan al hotel, este nuevo medio quiere colaborar con el nuestro o, tal vez, absorberlo. De momento, ya oferta puestos de trabajo como corresponsal en Siria. Y yo me pregunto

¿será nuestro fin como corresponsales de guerra en Siria o será nuestro principio?

¡Qué mes, qué mes!

De todo lo escrito hasta ahora, lo que realmente merece la pena para mí es esta serie de entradas llamada “Las canciones de mi vida”. ¿Por qué? Porque son pedacitos de mi historia,en ellas  no hay metáforas que opaquen la verdad y porque volviendo a leerlas revivo brevemente las sensaciones de tiempos lejanos y más inocentes, vividos con más esperanza en el futuro.

Merece la pena seguir plasmando la historia recorrida a través de los sonidos que han quedado prendidos a ella, cual caramelos chupados por un niño. Hoy tocan las canciones vinculadas inexplicablemente a mis ámbitos laborales.

Era la segunda vez que trabajaba para una multinacional informática. Las ventajas consistían en una oficina diáfana y amplia, con muchas personas de edades parecidas, todas sentadas en bloques de seis y separadas por una mampara de un palmo de altura, más testimonial que efectiva. La mesa tenía forma de ola, con una parte recta desocupada y una curva hacia afuera donde se encontraba el ordenador con su pantalla. Uno se sentaba “en mitad de la ola” para poder ver el monitor en línea recta y salvar una más que probable tortícolis al segundo día; sin embargo, siempre estaba incómodo con los codos  , que no calculaban los límites de la mesa. ¡Cómo he odiado esas mesas!

Enfrente de mí se sentaba uno de las personas más brillantes que he conocido, tanto en lo laboral como en lo humano: Carlos Toquero. Entramos con 24 horas de diferencia y salimos, cinco años más tarde, con uno o dos meses de diferencia, ambas diferencias a su favor. Tokers, como le llamábamos, sabía hacer su trabajo, ayudaba en lo que podía, se llevaba bien con todo el mundo y casi siempre mantenía un ánimo y un humor envidiables, además de ser un activista en lo que a futbito de empresas se refería. Un líder al que merecía la pena seguir (había otros a los que no).  Trabajaba, como todos, enchufado a sus cascos. A veces compartíamos música por la red. No era necesario preguntar: uno accedía a la carpeta compartida del otro y se llevaba lo que le interesara. Yo probé a escuchar unas canciones de un tipo calvo y… quedé enganchado a la mayoría de ellas. Y Moby quedó enganchado a esta etapa de mi vida transcurrida en una empresa francesa con nombre de matemático griego.

Decir que, además de encontrar gente maja y divertida, mi paso junto a ellos fructificó en crónicas sociales nacidas a raíz de las cenas navideñas de empresa.  Crónicas escritas con cachondeo y reforzadas con las fotos de las peores caras que se atrevían a poner con la llegada de las copas. “El Korte de Pastilla” se llamaba mi publicación anual y es, seguro, lo primero que recordarán de mí quienes fueron mis compañeros, Tokers incluido.

En el momento de escribir estas líneas, me encuentro trabajando para otra consultora informática, en otra sala diáfana, de gente (snif!) más joven que yo, agrupados en bloques de cuatro personas, bloques formados por odiosas mesas “con forma de ola”. No tengo delante a Tokers, sino a la primera y única Melisa que conozco en mi vida. De esta empresa, de mis compañeras y de la situación con la que me he encontrado al entrar hablaré en el momento oportuno. No llevo 100 días y ya hay una canción, de reciente aparición y pegada, que se ha fundido con esta experiencia laboral. Y sólo por el nombre que, aunque creo que en el original es “delissa” (sospecho que “delicia” en portugués), Samuel no deja de cantarlo con “melisa” a todas horas.

Me sorprende que, de los tres años en SchlumbergerSema no recuerde ninguna canción. Debe ser porque me pasé el tiempo leyendo en el metro de Madrid. Qué daño hacen los libros a las autobiografías musicales…

Sólo he tenido que llevar corbata a las entrevistas, a las bodas y, en el trabajo, cuando me ha tocado ser corresponsal en el extranjero. Como ahora. No es obligatoria, en principio, pero debo tenerla a mano por si, de pronto, hay que entrevistar a algún personaje importante. Eso lo que ocurrió la semana pasada.

Llegaba yo a la redacción con barba de tres días (recortada, para disimular) y la camisa de lino, o lo que es lo mismo, sin planchar. Mi imagen era de “suficiente raspao” pero, perdido en mitad de Siria… ¿a quién coño le iba a importarlas arrugas de mi camisa? Llamó el jefe pidiendo que saliéramos la Bruja y yo a recoger un documento en la embajada española. No sabíamos qué conserje o diplomático nos lo iba a entregar, así que decidí usar la corbata que guardo en la cajonera, para ocasiones imprevistas como ésa. Corbata, barba de tras días, camisa arrugada. La nota ya estaba en el “suspenso claro”.

Aunque finalmente fue un conserje quien nos entregó el papel, la alegría de su contenido hizo que me olvidara del suspenso. Por lo visto, la embajada autorizaba el transporte de las máquinas de escribir con las que redactamos nuestros artículos (¿No lo había dicho? Pues sí, son suyas). Esto confirmaba las palabras del jefe avisándonos de que regresaríamos a Madrid y, tal vez, olvidáramos esta maldita guerra civil-internacional que alguien ha montado artificialmente en Siria por motivos geoestratégicos.

La Bruja y yo pasamos la mañana repitiendo el cuento de la lechera. Cuando llegue a España, volveré a salir de copas con los amigos, iré a la playa, patatín, patatán… Sin embargo, no acabábamos de creérnoslo. ¿Ya nos quieren hacer volver sin haber comenzado la guerra oficialmente?

Esto fue la semana pasada. Hoy vino el jefe a visitarnos. Nos informó de que, tras reunión mantenida con el embajador, iba a ser difícil acomodar las máquinas de escribir en la redacción madrileña y llevaría su tiempo el traslado, así que… ¡seguimos donde estamos por los siglos de los siglos! Hasta que termine la guerra, vamos.

Si a eso le unimos que el tiempo ha pasado de primavera a invierno, que la Vida (a partir de ahora, la Roedora) ha regresado de su estancia en España, renovando sus distancias conmigo, y que desconocemos la continuidad del periódico, ahora no sé si prefiero vivir sentado o morir de pie.

Seguiremos informando…

Ayer fue un día importante para mí, tal vez, el más importante desde que llegué a Siria. Tenía que entrevistarme con uno de los imanes que más en contra se ha posicionado respecto a Occidente y a los occidentales. Con algunos compañeros de la prensa, de hecho, ha tenido palabras más altas que otras. De hecho, parece que le gusta arengar a las multitudes con especial ahínco cuando alguno de sus superiores está presente. Es decir, le gusta aparentar y colgarse medallas. Así me lo han contado la Vida y la Bruja. Tiene un carácter muy fuerte, posiblemente en compensación de su pequeña estatura y sus caderas excesivas. Carga de espaldas, luce una mirada desconfiada, le gusta hablar por lo bajo y reírse, y, sobre todo, ser el protagonista. Nada mejor para él que sentirse el alma de la fiesta, el imprescindible. Me dijeron que esta guerra civil-internacional la comenzó él solito, desde su minarete, no sé muy bien cómo. Ahora ya no importa. Su país está dividido y pierde población. Esta semana, por ejemplo, fueron expulsadas dos tribus, las más jóvenes, para que la riqueza nacional alcanzara a las que no fueron expulsadas (aunque sabemos que no se repartirá).

La cuestión es que yo no quería ir a hacerle la entrevista. No estaba concertada, me presentaría de improviso y eso ya le pondría más en contra mía. Fue mi jefe, desde Madrid, quien me dijo que le entrevistara esta semana. Yo sabía que tarde o temprano llegaría, para eso había sido enviado a este infierno. Pero me resistía. Tanto y tan mal me habían hablado del imán Kamín que me sentía predispuesto en su contra. Sin embargo, nada mejor que pasar el mal trago para foguearme en este periodismo extremo que hacemos los obedientes sin personalidad. Pasé toda la mañana esperando un momento propicio, cuando no estuviera rodeado de los acólitos que beben los vientos por él. Hasta la hora previa a la comida no llegó la ocasión. Ahí me presenté yo, con naturalidad, pese haberle oído decir el día anterior que no nos habían presentado… Guardé mis opiniones sobre él y traté de sacar la voz más diplomática que pude. Me sorprendió. No sólo se mostró educado y también diplomático conmigo, además me enseñó su casa y me ofreció su hospitalidad. Lo tomé como una muestra de respeto hacia mí, aunque no por eso bajé la guardia.

En cualquier caso, no me pareció el león tan fiero como mis compañeras me lo pintaban; es más, mejoró mi adoptada opinión sobre él, aunque no totalmente. Lo más importante fue que me sentí fortalecido al regresar al hotel. Desde entonces, Siria no me parece tan hostil como los prejuicios me la habían pintado.

Más sorprendente fue la noticia que recibimos por la tarde la Bruja y yo. De boca del jefe supimos que cubriremos la información siria durante quince días más y, luego, regresaremos al periódico en España. Tan sorprendente fue que no nos la hemos creído aún: esperaremos al día 1 del mes que viene para ver si se cae o no la jarra de la lechera.

Seguiremos informando…

Siria. Un país como otro cualquiera. Las mujeres calzan tacones que les da un aire marcial cada vez que pasan a mi lado camino del baño. El suelo retumba. Penoso. Las altas y las bajas, todas de tacón. A varias les cuesta andar con naturalidad. Detesto los tacones. Hoy Tapita y Vida no están. Fueron buscando  problemas a un pueblo cerca de la capital. No volverán contentas. El lunes lo sabré. Hoy cubro yo las noticias locales. Son escasas.

Un sirio, analista, habla por teléfono en inglés. Inglés de Villaverde. De hecho, lo está aprendiendo. La conversación telefónica es parte del curso a distancia. Ha confundido “walk” con “wok” y habla de lo mucho que le gusta la comida china. Es el único rato divertido de cubrir las noticias de este país en guerra civil-internacional.

La guerra es consecuencia de los negocios. La deshumanización también. Otro analista sirio ha sido padre. Trae viandas para invitar. Antes de que llegue el toque de queda, reúne a los suyos en el bar más cercano y les invita a pasteles. Oigo un jolgorio creciente. Normal. Comienza el fin de semana. El bar más cercano está a escasos tres metros de donde redacto mis noticias.  A través de sus ventanas se me puede ver. De hecho, me están viendo. El presidente de Siria sale del bar y mira la calle donde escribo mis noticias. No hay nadie más que yo y una atractiva joven pegando tiritas en una farola, pero está de espaldas y no se entera de la fiesta. El presidente regresa al bar. Por la respuesta que le da Moriarty, deduzco que ha preguntado algo así como: “Y a estos, ¿no les decís que vengan?”. Moriarty ha contestado: “A mí pffffff: ¡no me lo han presentado!”. Ese pffff ha sonado despectivo. No sé por qué tomates en vinagre pienso que hablaba de mí. A la joven de las tiritas lleva más tiempo viéndola en su farola. “Miente”, pienso, “Nos han presentado y la saludé dos veces, una dándole la mano y, a continuación, dándole dos besos, para suavizar la formalidad. Eso sí, fue hace un mes, en la calle y estábamos de paso.  No se acordará. Le puedo perdonar eso, pero el pfffff no…”. Se celebra una fiesta en Siria, a tres metros de mí, y nadie se acerca a ofrecerme un poco de champán. Consecuencias de la guerra. Y de los negocios. Perdemos la humanidad. Sólo quiero acabar  mis últimas líneas y regresar al hotel. Maldita guerra.

Seguiremos informando.

Bienvenido. Has sido seleccionado. El trabajo es tuyo. [Alegría]. Empiezas mañana. Toma este papel y dinero para el taxi. Preséntate mañana en esta dirección. A las 9 de la mañana. Tráete el cepillo de dientes. [?]

Cepillo de dientes. Taxi. Carrera. [¿Aeropuerto?] . Entrega el papel. Su vuelo a Siria va a despegar en breve, ¿no tiene nada que facturar? [¿¿Siria??]. Pasajeros del vuelo AR3101 embarquen por puerta X. [¡No me dijeron nada de Siria!]. Suena el móvil. Es el jefe. Regresarás en seis meses o cuando se acabe el fregao.  [¿Y mi familia?]. Puedes usar el teléfono por satélite para llamarles cuando quieras. Cuéntanos qué está pasando. Confiamos en ti. Buen viaje. Su tarjeta de embarque, por favor. Asiento en cola. Clase turista vacía, salvo por dos mujeres. La Bruja Tapita y la Vida es Bella. También periodistas. [Hola, ¿sabéis dónde dormir en Damasco?]. Búscate la vida.

Damasco. Se vende una guerra civil. Hay una guerra. No sé si civil o internacional. Lejos de la familia. Sin objetivos claros. En territorio hostil (soy occidental, de los que venden una guerra civil que tal vez no exista). Sin hotel. Sin idioma. La Bruja y la Vida se las saben todas. Han estado en otras guerras. Se ríen. Se apoyan. Búscate la vida.

El jefe nos visita. Pasa dos días. Me enseña cosas. Las funciones del teléfono satélite, la importancia de hervir el agua. Me trae un chorizo cular. Tomamos un café en un bar bullicioso. En la tele, programas del corazón. ¡Anda!, dice, Si es la prima de mamá… No oímos la noticia pero rotulan que está liada con un famosete venido a menos. Será mentira podrida. Qué casualidad. El jefe regresa a Madrid. Cualquier cosa, llámame. Ok, Como solo. Mañana también estaré solo: Bruja y Vida se van a buscar noticias a no sé qué pueblo. En tierra hostil. Hay una guerra. Me parece inventada en Madrid. Y tengo que informar. Búscate la vida.

Seguiremos informando.

Doomsday

Este relato iba a ser para el blog Sintramanifinal, pero me ha sido imposible desarrollarlo en menos de 200 caracteres, así que Javi deberá esperar un microrrelato de verdad.

—-

Bienvenidos, señores. Perdónenme si he interrumpido sus vacaciones. No se preocupen, las verdes playas de Sumatra seguirán en su sitio cuando terminemos; volverán a degustar sus “margaritas” en la piscina y a sus putillas en la habitación (disculpe, señorita Schapel). Les he hecho venir porque quería darles personalmente esta noticia: la fase intermedia del “Proyecto E.T.” ha finalizado, comenzamos la fase final.

Ya saben que la población aumenta de manera catastrófica desde del siglo pasado. Las medidas de control, financiadas por ustedes durante los últimos sesenta años, solo han logrado un éxito parcial: la disminución de la natalidad en los países más organizados no se ha visto reflejada por debajo del ecuador. El cáncer y la esterilidad por envenenamiento mediante fertilizantes y pesticidas es un proceso lento e irregular (mucha gente lava la fruta y la verdura). La intoxicación a través de los conservantes fue abortada (cualquier laboratorio casero del sur de Italia podría detectarlo). Y, aunque ahora desarticulemos los malditos servicios sanitarios, los antigripales y el SIDA no aseguran el descenso significativo en el número de jodidos seres humanos que necesita este planeta para asegurar nuestra supervivencia. Modificar el azúcar iba a ser el siguiente paso pero, por fin, los chicos de la bata blanca de Minsk han obtenido los resultados satisfactorios… Descúbrelo, Spencer.

Les presento a Karol. ¡No se asusten, señores! No es más que un humanoide con forma indefinible… a caballo entre mantis religiosa, insecto palo y piraña . Un poco más alto que ustedes, sí, un poco más feo, ciertamente más fuerte y seguramente más voraz… Controlen su miedo. Lo huele. También han financiado las investigaciones con células madre y genética aplicada que han parido este monstruo. Después de los fracasos acumulados, un ejército de Karols hará el trabajo sucio de manera rápida y eficaz. Pero antes de soltar una plaga de mantis pirañas, crearemos confusión para que la gente no sea capaz de reaccionar.

A través de los medios de información oficiales, daremos crédito a teorías conspiranoicas de la invasión alienígena; la NASA mostrará restos de ciudades en la cara oculta de la luna, ovnis procedentes de la corona solar o emergidos del deshielo ártico, se harán visibles a la aviación comercial y sus avistamientos no se taparán como secreto de Estado. Altos cargos militares aparecerán en tertulias de radio y debates de televisión donde estos avistamientos serán analizados. Su cometido será oficializar la idea-fuerza que debe calar en el subconsciente colectivo: “El ejército desconoce el origen: debe ser considerado un ovni” Con la opinión pública viviendo un shock, bloquearemos las comunicaciones submarinas y los satélites. Nuestros extraterrestres “aparecerán” en medio de las grandes ciudades… y se darán un largo festín. Las primeros humanoides están siendo probados en la frontera estadounidense con México, bajo la apariencia de la guerra entre narcotraficantes. Efectivos, ¿verdad?

El objetivo es reducir la población mundial a un diez por ciento. ¿Cómo los pararemos después, se preguntarán? No pueden procrear y sus vasos sanguíneos se disuelven a partir de un cierto nivel de proteína acumulada. Se autoextinguirán. Mientras tanto, la señorita Schapel y yo nos broncearemos en pelotas en alguna isla del Pacífico Sur. Lo siento, señores, ustedes no están invitados. El “Proyecto E.T.” comienza su fase final y Karol les va demostrar que su dinero ha sido invertido con inteligencia. Perdonen si les dejamos solos, no es nada personal…

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.